viernes, octubre 19, 2012


 

En blanco

 

Poca, dijiste. Y la palabra volvió a mi pluma

como el agua que se pierde de su limpidez,

de su lecho invisible y santificado.

 

La poquedad: Esto es lo que enciende mi poesía.

Un vacío que no se ocupa con nada, ni con nadie

y busca el verso.

 

Mírame de nuevo,

mírame desde el amor que no mide la escasez,

contémplame desde la abundancia.

 

En tu pensamiento más hondo,

sorpréndeme con rosas y margaritas,

con lirios y petunias,

con todas las primaveras  que nos separan.

 

Regocíjate de verme radiante,

de verme florecida  más allá de tu abrazo,

de tu vida.

 

La poesía, mujer como yo,

sonríe sin voz,

cuando el goce deja en blanco

a mi persona  y a mis cuadernos.

miércoles, setiembre 05, 2012


Historias de campo

 

Se murió la mamá y la ovejita quedó “guacha”. Nadie la quiso, ninguna de las demás ovejas la adoptó. Al pastor no le quedó otra que ayudarla, y obligaba a las otras mamás a que la amamantaran. Las laceaba por el cuello, las sujetaba con todo el coraje y le gritaba; “! guacha…guacha…guacha !”. Y allá venía la ovejita sacudiéndose de felicidad, se agachaba entre las piernas de las madrastras bravas y las chupeteaba hasta que la vida, blanca y espesa, le chorreaba por la carita. Terminaba y se echaba a los pies de su salvador, borracha de leche y gratitud.


El cuidador envió al pato a la hacienda vecina, donde había dos patas solteras. Pasó por allá dos semanas, hasta que el vecino lo vino a devolver. Pero llegó cabreado, desconfiado, sujetando el pato en una de las manos y un huevo negro en la otra. Una de las patas lo había puesto por la mañana, pero negro como la noche. El cuidador se espantó con el color inusitado del huevo, llamó a la señora, a los hijos, hicieron una junta. Se barajaron varias sospechas, incluso la posibilidad de que un buitre hubiera hecho el “trabajo” en lugar del regalón. Finalmente decidieron guardar el huevo en el nido de una gallina clueca, de las buenas, de las que apuestan más por la vida que por la autoría. Y ahí está, calientito bajo las plumas, esperando a que se trice la cascarita sospechosa y oscura.


El perrito recién salía de entre las piernas de su mamá. Todo era novedad, la tierra, las flores, las frutas, el canal lleno de agua fresca y el gatito que le perseguía la cola. No podía caminar bien, pero brincaba. Saltaba de un lado a otro, gozoso y dispuesto a vivir todos los maravillosos peligros de la vida. El jeep entró con velocidad en la parcela y encaró al perrito de frente, como sonriendo con sus dientes de parachoques. El pequeño siguió su camino, asombrado por este nuevo e inmenso compañero. Fue todo tan rápido que ni se dio cuenta, cuando, en un brinco más fuerte, saltó del polvo a las estrellas.


El arbusto había crecido mucho y estorbaba el paso. Sus ramas se estiraban llenas de espinas y hojas secas. Era gris como las pesadillas y ensombrecía el borde fresco y verde del canal. Pero la niña, bajo el sol tímido del invierno, divisó su corazón en el centro espeso. Desde la fealdad agresiva del árbol, el nido, ya vacío, anunciaba la vida y el canto.

 
Se inventó una casita entre los plantines de jojoba. Tenía todo lo necesario: una pistola de agua, un polerón, un gorro, una botella llena de jugo y una piedra con forma de silla. Desde ahí puede contemplar el horizonte cordillerano, el sol más amarillo del norte y los álamos que le saludan, todos juntos, alborotados de calor y de viento.

 

Luz y Vida

Creo que mis hijos leerán mis versos a sus hijos y nietos, a veces. Creo que mis nietos me leerán cuando hagan alguna mudanza y encuentren los libros de Vida & Poesía en el fondo empolvado de alguna estante olvidada. Creo que se preguntarán porque tantas personas escribían en mis libros. Creo que yo seré un mito: La abuela poeta que no publicaba sola porque era comunista. Creo que mi palabra terminará en la biblioteca de algún colegio pobre, al lado de palabras más importantes. Creo que si tengo suerte, podré ganarme un espacio célebre, al lado de una biblia por ejemplo. O al lado de una ventana, con una cortina viejita y agujerada. Por donde el sol entre, a ratos, para devolverme la vida.

martes, octubre 18, 2011

Tarzán

De niña me gustaba ir al zoologico. Pero, me gustaba ir porque iba con mi abuelo. Un emigrante libanés, de ojos muy verdes y tez muy morena. Fuerte de hombros y dueño de un excelente humor. Su sueño era haber sido como el Tarzán y de hecho, en su vejez ya avanzada, se sintió como tal. Me llevaba en las espaldas, como un monito, y me llenaba los bolsillos con dulce de chancaca. Yo lo adoraba. Cerca de los leones, imitaba el grito de Tarzán y se pegaba combos en el pecho. Todos nos miraban sorprendidos y después algunas personas nos seguían, presas de la risa. Pues él volvía a gritar frente a cada felino que encontrábamos.

Íbamos en micro, en verano. En esta época, el calor en Rio de Janeiro puede llegar a 40 grados en la sombra, fácil. En el camino nos comprábamos helados de coco y él me enseñaba los números y los garabatos en árabe. No recuerdo de los animales, de las jaulas, ni de ningún elefante. En mi corazón, sólo quedó nuestro abrazo sudado, nuestra alegría mestiza, nuestras sandalias de goma y mis pies diminutos, al lado de los suyos, que eran tan grandes y libres.

De auroras e iglesias

El sol se descubría, como un Dios que apenas se levanta por detrás de las cordilleras. La temperatura estaba perfecta: Tibia y con una leve brisa más fría que me rozaba el rostro. Algunas sombras aún insistían el en lado poniente, reuniendo delicadamente el día y la noche. Los pájaros también estaban atentos, volaban del oscuro a la luz y volvían. Cantaban hacia al amanecer y hacia las estrellas.

Luego, el cielo fue cambiando sus colores, pasando de un azul oscuro a un celeste límpido, hasta que la luz se impuso en todo el campo. La mañana placentera sopló y incitó al movimiento. Las loicas lucieron sus pechos colorados, los queltehues pasaron gritando y rasantes al pasto, y los chincoles se posaron en la baranda sin importarse con mi presencia.

Poco a poco el silencio y un aire más inhóspito se fueron instalando. Las horas nos atravesaron despiadadas y a las doce del día, ningún vuelo se alzó. El horizonte quedó sólo, temblando en su calor. Ni un rastro de ilusión quedó parpadeando, y los viajes se callaron bajo el fuego implacable del medio día. Una hoguera inmensa se posó en el centro del universo y todos buscamos refugios bajo los damascos, bajo las jojobas y los yuyos.

Sí, el universo puede ser muy cálido, como el interior de un templo o como la dulce imagen de un pesebre. Pero también puede ser muy inquisidor, muy implacable e injusto, como algunos altares y sus ángeles de piedra.

Pero un pájaro nunca pierde la fe en la naturaleza. En ninguna naturaleza, aunque el agua y el calor vuelvan una y otra vez a robarle el retoño. La ironía, la soberbia y el protagonismo, son plagas que se resbalan indefensas de su canto. Y hasta una rama de menta, fresca y olorosa, es capaz de resistir a su inquietud y existencia.

martes, octubre 11, 2011

El sueño

Era un árbol-mujer que había crecido en el centro paradisíaco de una isla. Sus brazos de madera estaban abiertos y elevados hacia lo alto. Era tan alta, que su copa se perdía en el cielo. Cuando quería, la balanceaba y sus frutos azules le caían en las manos. Luego, los dejaba caer en el mar, uno para cada horizonte. Y era así que aumentaba el océano, de fruto en fruto, de sueño en sueño.

Despertó con las manos húmedas, con los ojos más salados y la cabeza aún pesada de profecías.

Cultivo

Yo digo desde la poesía.
Desde ahí es donde más firme soy.
Me siento segura entre los versos,
que se escriben siempre en sentido horizontal.

No hay vértigos en la palabra escrita,
no hay aceleración.
Desde mi boca, las palabras siempre han sentido
una altura insoslayable.

La vida, tan inmensa,
levanta un horizonte demasiado grande
para un espíritu más delicado que robusto,
como el mío.

Entonces rescato, con mi pluma,
lo que se pierde de mi voz.
Las letras en fila, sobre una página límpida,
me dan un lugar en el mundo.

Sobre mis cuadernos me proyecto y reposada en ellos,
puedo levantar la mirada y decir lo que necesito,
lo que quiero, lo que deseo, lo que soy.

Yo digo desde la poesía,
desde una fragilidad breve, lacónica,
y muy parecida a aquella,
que lucen las semillas.

viernes, junio 17, 2011

Marcadores

Los secretos fueron muchos, muchos.
Como un árbol prolífero que dejaba caer sus frutos incesantemente.
Granadillas que se quedaban, amontonadas en el suelo, bajo el sol y la impotencia.

¿Cuántas semillas han germinado, han crecido y apretado como enredaderas?
¿Cuántas cáscaras, ya ácidas, han dejado vértigos sobre el piso?
¿Cuántas veces el olor a amenaza ha robado el aroma dulce y refrescante de la lluvia?

(Los secretos, pesados como máscaras de plomo,
doblan la crianza, condenan los parpados y las sonrisas.
El carnaval grisáceo sólo termina con otra fiesta:
La que cuelga muecas y mentiras en los libros.)

Hoy son monstruos de papel, carátulas encadenadas por la multitud de palabras,
por los títulos altos y fuertes, por los puntos finales y certeros.
Se han transformados en marcadores de páginas, de verdades y de hermosuras.
De puertas y llaves



Muchas fueron las puertas de mi vida, muchas. Tantas, que las obviaba, pasando sin abrirlas, sin verlas, sin valorarlas. Todavía guardo los ruidos, los golpes, las brisas que ellas dejan con sus movimientos. Pero son como fantasmas de madera que van y vienen, que encierran y libran los recintos de mi vida. ¿Cuántas veces atravesé las paredes? ¿Cuántas veces perdí el camino hacia algún umbral? Con el tiempo aprendí a comprenderlas, a manejarlas, a servirme de sus bondades. Y también a experimentar de sus durezas. Las distancias se hacen mayores, cuando una puerta se cierra, aunque sólo separe dos piezas. Hoy, yo diría que las Cordilleras son mis más nuevas adquisiciones. Una puerta inmensa y larga, que me separa de la playa y de la samba. Que me resguarda del calor y de la euforia. Respecto a las llaves, nunca las he tenido. Salvo una que se alojó en lo más hondo de mi cuello. El año pasado me la extrajeron y ahora digo con más aire. En realidad era una llave muy extraña, se parecía mucho a una enfermedad y casi me mato para reconocerla. En fin, cada cual hace lo que puede para abrir la puerta correcta y encontrarse.

domingo, junio 12, 2011

Cloro

Habrá algún tipo de cloro para el alma? Algún blanqueador que me limpie el espíritu de las impurezas? Un par de moléculas limpia la mancha de mi camisa. ¿Con cuántas oraciones podré limpiar la mancha de mis pensamientos? Con un poco más de cloro, puedo hacer desaparecer todo el azul de la tela. ¿Rezando más, lograré que el color de mi ego se destiña? Lograré dejar al cuerpo libre de mis colores y entregado a los arco-iris invisibles de la paz? ¿Será por eso que los ángeles no aparecen? ¿Con qué versos ejercito mi ausencia, mi abstención, mi inexistencia? ¿Con qué borrador, Dios mío, disminuyo las letras grandes de mis cuadernos?
¿En contra?



Voy en contra, cuando salgo a comprar botas y vuelvo con un libro. Cuando el desaire en el tránsito me causa curiosidad. Cuando los desaires, en cualquier parte, me causan curiosidad. Cuando prendo mi TV llena de fantasmas y los escucho. Cuando opto por el metro lleno y por su pueblo, respirando por sobre mis hombros. Cuando mi corazón insiste en el castellano, aún frente a la playa más tibia. Cuando vuelvo a ser brasileña, bajo las llamas de un otoño ajeno. Cuando no entiendo nada del chiste. Y también cuando me rio a carcajadas, de lo grave. Cuando mis ojos se pierden, tras el zigzag verde de los loros. Cuando despierto antes del sol y Dios ocupa toda la soledad. Cuando el amor por mis hijos se extienden a otros hijos. Cuando me descubro amada, por éstos y por aquellos. Cuando me emociono, indefensa, dentro de tus ojos.
Cuadernillo

Ordenaré mis estantes, cada cuaderno, cada libro, cada borrador, cada palabra. Dejaré las comprenhensibles, las que dicen, las que son eternas. También ordenaré los documentos, los que cuentan números en vez de versos. El comer es tan importante cuanto el pensar. El pensar es tan visceral cuanto el comer (aunque pocos lo asuman así). Escribiré con detalle a cada hijo, a cada alma, a cada uno de esos sujetos que conforman mi sociedad más intima. Los textos serán precisos, serán más cortos que largos, serán esenciales y cada punto final será un instante de plenitud. A mi marido, no le escribiré nada, basta con todo eso que sabemos cuando nuestros ojos se encuentran. La palabra, entre nosotros, sobra, como sobran los relojes y los álbumes de fotografía. A mis padres les enviaré mis recuerdos hechos versos, omitiré las llagas de mi poesía y haré un cuadernillo de felicidades, de estas que brillan en la arena, al lado de las conchas. (El mar nunca defrauda, siempre tiene un puñado de alegrías que entregar). Escribiré también al mar, o mejor dicho, escribiré como si el fuera mío. O mejor aún: haré un manifiesto declarando que él es mío.